Unos cuantos

10 marzo 2012

Hace no mucho, famosos

Por: J.

Hace un tiempo -no demasiado si consideramos esa escala en la que los ciclos los marcan las apariciones de nuevos gigantes literarios -, autores como Graham Greene y Anatole France eran aclamados como consagrados exponentes de un arte que, a su estilo, apreciábase cercano a lectores de todo tipo, seduciendo a miles de éstos alrededor del mundo.  Eran muchos los que pregonaban sus nombres  ante la Academia Sueca, y otros tantos los que celebraron, cuando fue el caso, que ésta le diera el atronador Nobel a su favorito.  Hoy, sin embargo, ellos, al igual que muchos otros viejos maestros, han quedado en el olvido y la lectura de sus obras es deleite tan sólo para los pocos aficionados que buscaron guiados por el eco de su fama, casi extinta.

Es claro que figuras como Broch, Faulkner, Gaddis, Guimaraes Rosa, Joyce, Lispector, Lowry, Mann, Musil, Proust , Woolfe o Yourcenar, no podrían gozar ahora de una gran acogida por parte del público; nunca lo hicieron y ahora eso menos posible que nunca (sobran las explicaciones).  El caso de su relación con el resto de mortales que buscamos que leer y lo leemos es asunto aparte.  Sobre lo que aquí quiero hablar es de la posibilidad de recordar y hacer famosos nuevamente, los nombres de artistas que fueron inspiradores para generaciones pasadas y que, dada la calidad de sus trabajos, sin duda merecen la admiración de cuantos hoy y en el futuro podamos tener la suerte de poseerlos.

Y a nuestra disposición tenemos, aunque con cada vez menos reediciones, a los maestros Pio Baroja, con sus excelentes El árbol de la ciencia o La busca; Andre Gide, con Las cavas del vaticano y El inmoralista; Francois Mauriac, con su Nido de víboras; Leonardo Sciascia, con El archivo de Egipto; los ya mencionados Anatole France, sobretodo con La isla de los pingüinos y Graham Greene con El poder y la gloria o El americano impasible; William Styron con Sophie y Las confesiones de Nat Turner; Joseph Heller, con su histórica Trampa 22; así como, más recientemente, Harold Brodkey con sus Relatos a la manera casi clásica –del que ya hablé en este mismo espacio -, o John Barth, con La ópera flotante y El fin del camino; además de aquellos que protagonizaron fenómenos editoriales con un breve periodo de gloria, si bien muy merecida, como A. M. Aguéev con la legendaria Novela con cocaína, Christoph Ransmayr con El último mundo, o Jerzy Kosinski con su monumental Pasos.  Claro, quedan muchos más por nombrar, los que merecerían nuevos artículos, pero hasta aquí llego por ahora… que me han dado ganas de volverlos a leer.

No los olviden, y provecho.

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